Aprende a absolver incluyendo pruebas y refutaciones junto a los silogismos judiciales

Si quieren cambiar, primero cambien los ejemplos

Mag. Juan Ureta Guerra.

jureta@iargumenta.com

Escuela de Estrategia, Argumentación e Inteligencia Artificial.

www.iargumenta.com

Resumen: Se ha postulado que el silogismo judicial es lo mínimo que un juez debe hacer para motivar una sentencia, pero esa idea tiene un problema: la abrumadora mayoría de ejemplos de silogismo judicial presentados por los juristas desde hace doscientos años son condenatorios. Esto se debe a que no se puede representar la absolución con una forma lógica establecida, pues se comete la falacia de negación del antecedente y, además, la absolución significa que hubo un error en la demanda o acusación que no se puede resumir en un enunciado. El 99 % de juristas evade el problema y suponen que es fácil absolver, pero hay quienes han tratado de resolverlo adicionando premisas contradictorias, ocultando la falacia sin éxito. La experiencia muestra que los juristas no están dispuestos a abandonar sus silogismos condenatorios, por ello proponemos que, para aumentar el número de ejemplos de absoluciones, podemos usar, junto a los tradicionales silogismos, modelos que permiten un marco más amplio, adicionando información que usualmente no se puede resumir en premisas lógicas. Este último aporte lo presentaremos de manera sucinta y mostraremos su valor y utilidad para hacer mejores ejemplos de toma de decisión que ayuden a enseñar a cambiar creencias frente a evidencia y a dar igual lugar al razonamiento absolutorio como al condenatorio, incluso equitativo, así como para diseñar con la Inteligencia Artificial modelos de detección del error.

Palabras clave: silogismo judicial, epiquerema, modelo de Toulmin, esquemas de argumentos, lógica, empujón (nudge), apoyo cognitivo, argumentación jurídica, redacción legal, Inteligencia Artificial.

1. Silogismo judicial. El problema de la selección de ejemplos condenatorios

Veamos el siguiente ejemplo de silogismo judicial:

El juez que cometa un acto de prevaricación debe ser condenado con una pena mínima de un año.

El juez J ha cometido un acto de prevaricación.

Por lo tanto, el juez J debe ser condenado a una pena mínima de un año (adaptado de Atienza, 2013, p. 171).

¿Qué defecto tiene? Dejando de lado los argumentos de los críticos y defensores, su principal defecto es que es demasiado fácil, lo que provoca el desinterés de preocuparse por otros modelos de decisión que exigen prueba y crítica. ¿Para qué complicarse? Esa parece ser la regla. En un examen de los ejemplos que hemos expuesto (Ureta, 2025, pp. 8 y siguientes), notamos que en los textos de varios autores que tratan sobre la argumentación jurídica tan solo se presentan ejemplos de condena semejantes al citado. Entonces decidimos evaluar qué era más frecuente, para lo cual examinamos 22 autores representativos y 33 textos desde fines del siglo XVIII hasta el presente, obteniendo resultados preocupantes: un 98 % de ejemplos son condenatorios; un pequeño 2 %, absolutorios. Pero si hubiéramos incluido textos de enseñanza judicial, ejemplos condenatorios abstractos, llegaríamos a reducir los ejemplos absolutorios a un 0.01 %. De los condenatorios, el mayor número trata sobre delitos contra la vida. Ninguno cita pruebas; ninguno menciona objeciones. De ese modo, el ejemplo citado del supuesto juez prevaricador tiene, como uno de sus problemas, ser parte de una extraña tendencia condenatoria que se mantiene en los autores desde el siglo XVIII sin que se preocupen por presentar absoluciones.

La primera pregunta es por qué ocurre esta tendencia; la segunda, si tiene efectos prácticos; y la tercera, si podemos mejorar los números en favor de una enseñanza que, a la par que condene, enseñe a absolver.

2. Absolver no es lógico y manipular la lógica como solución fallida

El diseño de los ejemplos de silogismo judicial sigue la instrucción propuesta por Beccaria en 1764, en su Tratado sobre los delitos y las penas:

En todo delito debe hacerse por el juez un silogismo perfecto. Pondráse como mayor la ley general, por menor la acción conforme o no con la ley, de que se inferirá por consecuencia la libertad o la pena. Cuando el juez por fuerza o voluntad quiere hacer más de un silogismo, se abre la puerta a la incertidumbre. (Beccaria, 1993, p. 63)

Beccaria hace dos predicciones: primero, que de la combinación de la premisa mayor y la premisa menor se obtendrá la libertad o la pena; la segunda es que hacer dos silogismos provoca confusión. La práctica ha mostrado que las dos predicciones son erradas. De un silogismo, conforme a las reglas de la lógica y de cualquier alternativa a la lógica condicional o de predicados, no se puede deducir la condena y la absolución. O se condena, o no hay conclusión. El segundo silogismo se refiere al método de comparar argumentos con refutaciones, al diálogo crítico como procedimiento para testear la calidad de la decisión, y hoy en día es considerado el mejor medio para reducir las incertidumbres, no para aumentarlas; es decir, silogismos sin diálogo crítico aumentan la incertidumbre.

Quien trató claramente del primer problema fue el jurista alemán Karl Engisch, en una obra titulada Logische Studien zur Gesetzesanwendung (1943). Allí señala la imposibilidad de deducir la absolución: se cometería la falacia de la negación del antecedente:

Si volvemos a la formulación hipotética, la simple negación de la subsunción no genera en absoluto un razonamiento, ya que, como es bien sabido, no se puede deducir la negación de la consecuencia a partir de la negación de la premisa.

Si alguien mata a una persona intencionalmente con saña… debe ser condenado a muerte.

A no mató a X intencionalmente (sino solo por negligencia o sin culpa), o bien, aunque lo hizo intencionalmente, no lo hizo con saña… ¿Entonces qué? (Engisch, 1943, p. 11). El resaltado es nuestro.

Si no se cumple la condición, simplemente no se puede deducir nada. El problema se repite en la forma clásica:

                              Todo hombre es mortal

                              Sócrates es un perro

Concluiremos que el perro es inmortal, lo que es absurdo. Para resolver este entuerto, propone hacer una premisa mayor doble:

Si alguien mata intencionalmente con saña… debe ser condenado a muerte.

Si alguien no mata intencionalmente con saña… no debe ser condenado a muerte.

A no mató a una persona intencionalmente con saña.
A no debe ser condenado a muerte. (Engisch, 1943, p. 11)

El artificio es claro: si se trata de plantear las alternativas normativas, estas no se reducen a una opción blanco o negro; existen el homicidio simple, lesiones seguidas de muerte, por negligencia, una gama amplia. Es decir, la alternativa a la premisa mayor no es solo su negación: existen otros casos contemplados en la codificación. El universo alternativo a la premisa mayor no es su negación.

Sin embargo, constatar que se tiene que recurrir a una premisa mayor que afirma y otra que niega muestra que estamos ante una construcción más compleja y artificiosa. En este caso, si la premisa mayor se compone de una afirmación y una negación, la premisa menor correcta sería: “Alguien afirma que A mató a una persona intencionalmente con saña, y otro lo niega”. Se hace evidente que se necesitan pruebas y que se sigue negando el antecedente, cometiéndose la falacia. Por otro lado, consideramos que, aunque no lo mencione, Engisch advirtió que si agregamos información al silogismo con premisas contradictorias, estamos más cerca de formular una narración de un diálogo antes que un silogismo, pues la secuencia sería así: “Todo comenzó con esta duda, luego pasamos a otra discrepancia y, por estas pruebas, se concluyó que A es inocente y que afirmar que A es culpable es un error”. Engisch, inconforme con su solución, inmediatamente postuló esta otra fórmula:

Si alguien es declarado culpable, será condenado; si alguien no es declarado culpable, no será condenado (sino absuelto).

A no ha sido declarado culpable.

 A no será condenado (sino absuelto). (Engisch, 1943, p. 11)

¿Cuál es el problema? De la lógica solo queda la apariencia. Recurre a la abstracción para liberarse de las trabas de mencionar circunstancias. “Si alguien es declarado culpable”, ¿de qué delito? ¿Se le puede absolver de un delito y condenar por otros? Sin datos se cubre una multitud de casos donde pareciera que habrá uno que calce, pero la forma lo impide. La falacia de negación del antecedente se encubre en la premisa mayor: A puede ser condenado por otro delito.

Por otro lado, Engisch comete una falacia narrativa: pareciera que las dos premisas mayores contradictorias, ambos pensamientos incompatibles, estuvieran en un mismo cerebro, cuando en realidad son dos voces que se enfrentaron con pruebas, argumentos, casos, preguntas. La falacia narrativa consiste en omitir que la absolución se consigue, generalmente, luego de mostrarse que la acusación o demanda era equivocada o carecía de pruebas. No es un juego de premisas que se resuelve con una línea que afirma o niega hechos sin prueba. La defensa, la refutación, operó como un control de calidad. ¿Usando dos silogismos opuestos, contraviniendo la orden de Beccaria o, de manera más precisa, exponiendo dos discursos opuestos, podemos liberarnos de las trabas lógicas para presentar absoluciones fundadas en la crítica? Como veremos, la defensa implica operaciones más complejas que oponer un silogismo a otro.

Por otro lado, si examinamos las instrucciones para formar silogismos, notaremos que en ellas también se suprime el diálogo como control de calidad; nunca evaden la prohibición de hacer dos silogismos opuestos. Según los actuales seguidores de Beccaria, los silogismos se forman transitando del caso a las premisas sin dificultad. Por ejemplo, el maestro Atienza explica así la obtención de un silogismo:

El concepto de “forma” es complejo y oscuro. A los efectos que nos interesan, se puede considerar como la forma de un argumento aquello que queda del mismo cuando se hace abstracción del significado concreto de las proposiciones que lo componen y del contexto en el que se argumenta. Tomemos el siguiente ejemplo de argumento: “el juez que cometa un acto de prevaricación debe ser condenado con una pena mínima de un año; el juez J ha cometido un acto de prevaricación; por lo tanto, el juez J debe ser condenado a una pena mínima de un año”. (Atienza, 2013, p. 171). (El resaltado es nuestro).

El autor da a entender que tiene el expediente o la información del caso y, de esto, dejando de lado detalles, se queda con las generalidades, al punto que puede hacer enunciados y arribar a una conclusión. Debemos ingresar a la oscuridad del procedimiento de abstracción. Cabe preguntar: si otra persona hiciera el mismo proceso, ¿llegaría a las mismas premisas partiendo del mismo caso? El paso que se omite es que, una vez concluida la abstracción y formadas las premisas, cabría confrontarlas con alguien que piense lo contrario usando el mismo método u otro, por más que aseguremos que el caso es fácil. Podemos hacer lo que dice Atienza, pero sin las refutaciones tenemos el peligro de anidar el error.

Engisch también señalaba que un juez, partiendo de la norma, descendería al caso en un ir y venir hasta comprobar si concurrían los hechos de la norma (Engisch, 1943, pp. 14-15). El camino descrito omite que las historias y pruebas llegan a través de alegatos, testimonios, objeciones y refutaciones. La expresión “ir y venir”, celebrada por Larenz (1980, pp. 224, 275) y luego por Alexy (1997, p. 220), no significa que quien haga ese tránsito conozca el caso completamente ni que otra persona arribe a la misma conclusión con la misma información.

¿El segundo silogismo que prohibió Beccaria era el paso de control de calidad? Lo veremos en el acápite siguiente. Una larga tradición de investigadores señala que es necesario completar todo razonamiento con objeciones para testar la calidad (Cicerón, Lamy, Portalis, Mill, Toulmin, Walton, Eemeren, Ter Berg, por citar algunos).

Tal vez muchos lectores consideren que los malabares de Engisch para hacer el silogismo absolutorio son una pequeña complicación, pero los números muestran que es suficiente para que los autores evadan el tema. Existen resortes profundos que explican esta tendencia. Los estudios de psicología cognitiva muestran que las personas elegirán el camino más sencillo para resolver problemas, y eso incluye inventarse historias o completar creencias adoptadas con credulidad. De ese modo, antes que pensar en dos premisas contradictorias, más cómodo es pensar en una premisa y confirmarla. En Argumentar es comparar (Ureta, 2025), he detallado los estudios que muestran nuestra predilección por los silogismos simples, sean de tres o más premisas y nuestra resistencia a criticarlos.

Tal vez donde mejor se evidencia esa tendencia a seleccionar el camino fácil es cuando los autores defienden el silogismo judicial comparándolo con ejemplos donde no se necesita el derecho de defensa. Por ejemplo, desde Kant, pasando por Kelsen, se usa este ejemplo:

                              Todo Hombre es mortal

                              Sócrates es hombre

                              Sócrates es mortal

La premisa menor contiene la prueba: es hombre. No existe razón para refutarla. No podemos alegar nada en contra. Pero, ante los silogismos judiciales y así estén “justificados externamente”, esa no es la regla. La absolución ocurre cuando se ejerce el derecho de defensa exitosamente. Eso es lo que interesa practicar, mostrar en un número de ejemplos y casos no menor al de las condenas. Muchos abogados y autoridades señalan que el sistema es eficaz cuando condena, olvidando que también lo es cuando absuelve a un inocente.

Finalmente, cabe recordar que, desde la antigüedad, prescindir de los detalles circunstanciales ha sido considerado como una fuente de error: una forma de evadir la obligación de probar y de silenciar críticas, como una forma autoritaria de imponer decisiones. Cicerón lo recomendaba hace más de 2000 años para evadir refutaciones:

Más ancho campo ofrece el disputar sobre el género que sobre la parte, y lo que se prueba en general queda probado en particular. (Cicerón, 1910, p. 337)

Al referirse a un ancho campo, advierte de la ventaja de evadir objeciones, omitiendo lo que no conviene y presentando lo que sí conviene. Como señalaba Aristóteles, las generalidades evaden los accidentes, los detalles, y eso las vuelve irrefutables (Aristóteles, 1995, p. 198). Engisch usa esa maniobra cuando pasa de proponer la premisa “Si alguien mata intencionalmente con saña” a la fórmula sin detalles: “Si alguien es declarado culpable” (Engisch, 1943, p. 11), donde pareciera que ha obviado los problemas.

En las sentencias y disposiciones fiscales existen muchos argumentos válidos, pero sin pruebas que son difíciles de detectar y pasan desapercibidos por falta de examen crítico profundo; en otros casos, con ejemplos imaginarios, afirmaciones sin prueba o sin examen imponen decisiones (Ureta, 2012; Ureta, 2025). De modo que no basta con enseñar a formar silogismos que afirman o niegan sin pruebas; también debemos enseñar su derrota frente a una defensa crítica.

3. Cómo recuperar la información que falta. El diálogo como apoyo de la razón

Pese a lo expuesto, no queremos desaparecer el valor de la forma lógica. ¿Cómo recuperar la profundidad sin perder de vista la razón deductiva?

Planteo una conciliación. Los docentes apegados a la fórmula de Beccaria la han exaltado y, a veces, renegado de ella, pero siempre presentada como una fórmula mínima, aceptable, el punto de partida, lo que les permite obviar cualquier otra alternativa. Considero que todos podemos estar de acuerdo en que es necesario incorporar ejemplos de absolución, donde un denunciado o demandado muestre el error de la acusación o demanda, y que esto es importante para el aprendizaje y práctica real. Se puede incluso seguir mostrando los ejemplos de condena y absolución silogísticos, pero sugiero que, al lado de ellos, se use cualquiera de las alternativas que pasaré a exponer. No después, no mencionarlos: literalmente exponer la razón silogística y los modelos complementarios juntos, pues evidenciarán mejor la dinámica de la refutación y su importancia como test de calidad. Además, como señalan los estudios de psicología cognitiva, si no se presentan las alternativas desde el inicio, la mente no se interesará en conocer más de lo presentado; simplemente no existirán o no serán asimilables porque la mente ya estará repleta del modelo silogístico.

En la historia encontramos cinco soluciones a este problema. Presentaremos cuatro brevemente: las observaciones externas, que planteó Kant; el epiquerema; el modelo de Toulmin; y los esquemas de argumentación. Finalmente, plantearemos unas posibles lecciones de esta revisión. Los mapas de argumentos, como alternativa, merecen un ensayo propio.

Cabe precisar que el diálogo crítico siempre fue considerado como una forma de control de calidad y de aprendizaje. Por ejemplo, Bernard Lamy (1640-1715), en su obra La Rhétorique, ou L’art de parler (1765) –que contó con más de veinte ediciones en francés y fue traducida al inglés–, recomendaba no temer a la réplica, es decir, atender, mencionar y comparar el argumento que se propone con un segundo silogismo refutador.

Las antítesis no hacen vanos adornos, las oposiciones de cosas contrarias contribuyen a la elucidación de una verdad, como las sombras realzan el brillo de los colores. (p. 140)

En términos actuales, operaría como una refutación externa que muestra preguntas críticas, pruebas en contra o dudas que han sido resueltas. Tiempo después, John Stuart Mill, pese a haber escrito en favor del silogismo, modificaría su opinión y reclamaría que es un test de control de calidad (Mill, 1993, p. 80). Recientemente, Bohn, Esmeren, Walton, Timo ter Berg, Rogers, entre otros, han retomado esta perspectiva. Pero entre la idea y el desarrollo hay mucho trecho por recorrer, por lo que veremos algunos modelos: la solución kantiana, el epiquerema, el modelo de Toulmin y los esquemas de argumentación. Sobre mapas de argumentos y software de evaluación de argumentos trataremos en otro texto.

3.1. La solución kantiana

Immanuel Kant (1724-1804), propulsor del silogismo judicial, fue también consciente del peligro de dejar información fuera de la forma. Por ello, postuló que, junto al “sistema” abstracto, se consignaran los datos empíricos dejados de lado. Como si dijera: “el orden lógico debe saber convivir con su sombra”. Esa advertencia es una lección metodológica de primer orden: la razón que se niega a dialogar con lo omitido se encierra en sí misma y se torna estéril. Así lo postuló desde el comienzo de su filosofía del derecho:

Procederemos del siguiente modo: ofreceremos en el texto el derecho que pertenece al sistema bosquejado a priori, pero los derechos referidos a casos particulares de la experiencia, en las observaciones a veces prolijas; porque, en caso contrario. No podría distinguirse bien lo que aquí es metafísica de lo que es praxis jurídica empírica. (Kant, 2008, p. 5).

Podríamos aclararlo aplicándolo al ejemplo que brinda Manuel Atienza, aunando observaciones luego de planteado el silogismo:

Conforme a este modelo, la absolución puede aparecer como una observación sin necesidad de recurrir a la falacia de negación del antecedente. La Inteligencia Artificial puede, con comodidad, hacer el bosquejo de observaciones si se le brindan los datos del caso para que los alumnos la puedan pulir o modificar.

De ese modo, abstraer los datos es mostrar el razonamiento como un ente que nace sin prueba, a priori o fuera de lo físico. Para Kant, ingresar todos los datos en la parte formal haría invisible la forma abstracta; por eso recomendaba, simultáneamente, hacer comentarios al margen, pues el derecho se mueve en el mundo de lo práctico, donde importan los detalles. Un silogismo podemos entenderlo, en términos kantianos, como un mini sistema, pero que está vinculado a la práctica. Mezclar la forma con el contenido es tan peligroso como olvidar el contenido que quedó fuera. A fin de cuentas, no solo se necesitan argumentos válidos: se necesita que sean verdaderos materialmente, y anotar observaciones sería un freno para los errores, una responsabilidad con la realidad y la justicia. Esa recomendación pasó al olvido.

3.2. El epiquerema

En la Antigüedad clásica, un gran problema era no perder tiempo en los debates y evitar que el auditorio se agote dilucidando argumentos con apariencia de verdad, pero sin prueba. El epiquerema fue parte de la solución. Es importante examinar su uso y valor, ya que fue, durante más de dos mil años, el modelo de los argumentos forenses. Como señala Fredal, un connotado estudioso de la argumentación de la Antigüedad, el entimema, presentado por Aristóteles en La Retórica, cayó en desuso, pues los retóricos forenses posteriores prefirieron el epiquerema. Este “se convirtió en la unidad básica del argumento” (Fredal, 2020, p. 30) y, posiblemente, fue creado por los estoicos para frenar el uso de sofismas. Hemos constatado que, aun a comienzos del siglo XIX, se le daba esa importancia. Por ejemplo, en el manual de retórica para estudiantes de derecho de John Quincy Adams (1767-1848), profesor de retórica en Harvard y futuro presidente de Estados Unidos, publicado en 1810, se presentaba como una pieza fundamental del raciocinio jurídico:

El epiquerema, sin embargo, es la forma, en que las partes esenciales del silogismo pueden aplicarse con eficacia para el discurso público. (Quincy, 1810, p. 38).

Cabe agregar que, como el estándar óptimo era el epiquerema, los silogismos de cuatro, tres o dos pasos eran considerados epiqueremas abreviados por razones propias del debate, porque el contexto de información compartida lo permitía (Cicerón, 1997, p. 157 y ss.); es decir, todo lo discutido en derecho usaba epiqueremas, hasta que, a fines del siglo XVIII, dejaron de emplearse. Para comprobarlo, sugiero consultar la obra de fray Francisco de Vitoria (1483-1546), Relección primera de los indios recientemente descubiertos (Vitoria, 1943), en torno a la cuestión concerniente al estatus de los habitantes del continente recién descubierto.

La lección era clara: desde el inicio no se diga nada sin pruebas. Pese a ello, en Europa continental, el epiquerema fue desplazado por el silogismo de tres pasos. Si se revisa la literatura del siglo XIX, el epiquerema ya no se menciona en los libros de lógica judicial, tanto del juez Saint-Albine, en Logique judiciaire ou Traité des arguments légaux (1841), como en el de su opositor Bibaud, Essai logique judiciaire (1853); y, en cambio, resaltan el entimema, seguramente influidos por la lectura de Aristóteles, sin cotejarlo con los retóricos forenses como Cicerón o Quintiliano. Esto, en cierto modo, refleja un decaimiento en la exigencia de pruebas en juicio.

Como depurar el lenguaje con pruebas es importante, ha sido “redescubierto” en el modelo de Toulmin, quien planteó un modelo semejante (Marafioti y Bermejo, 2010; Eemeren et al., 1996, p. 54; Polychronopoulos, 1979, p. 48). El esquema podemos graficarlo hoy en día así:

Ilustración 1
Esquema del epiquerema como silogismo de cinco pasos en retórica forense.

Nota. Adaptado de Polychronopoulos (1979, p. 47).

Esta estructura se usaba en un debate donde se trataba de cambiar creencias ante pruebas o ante el descubrimiento de su insuficiencia. De ese modo, el diálogo permite mostrar el cambio de creencias como un ejercicio eficiente de control por parte de quien logra probar, dilucidando objeciones o desbaratando una prueba (Polychronopoulos, 1979, p. 50).

Es conveniente recordar su exposición clásica. Cicerón, abogado romano y retórico entrenado en una escuela griega, testimonia la importancia de distinguir entre un silogismo de tres pasos y el epiquerema para el debate judicial:

En efecto, algunos mantienen que posee cinco partes, mientras que otros piensan que no se pueden distinguir más de tres. No creo irrelevante exponer esta discusión y los argumentos de unos y otros, pues será una digresión breve y no creo que lo que dicen sea intrascendente; pienso además que esta cuestión no es de las que se puede pasar por alto en un tratado. (Cicerón, 1997, p. 151)

¿Qué podemos dejar de tomar en cuenta? Está en juego la igualdad de armas y el derecho de defensa a través de hacer posible la réplica. Cicerón concluye en favor del epiquerema: “Particularmente, me parece preferible la primera división en cinco partes” (Cicerón, 1997, p. 153). Y, en este respecto, arguye así:

Son, por tanto, cinco las partes de un razonamiento basado en un proceso de deducción: la proposición con la cual se expone brevemente la idea de la que debe surgir toda la fuerza de la deducción; su demostración, por medio de la cual se hace creíble y evidente la premisa mayor y a la que se corrobora mediante pruebas; la premisa menor, en la cual se introduce el punto que, a partir de la premisa mayor, sirve para la demostración; la prueba de la premisa menor, en la que se apoya con pruebas lo que esta ha establecido; la conclusión, donde se expone en pocas palabras lo que se deduce de toda la argumentación. Cinco es el mayor número de partes que puede incluir un razonamiento deductivo. (Cicerón, 1997, p. 165).

“Proceso de deducción” se refiere a la fuerza que nace de la prueba, no de la forma, la cual, sin embargo, ayuda a ordenar. Para sustentar la acción sugerida (pretensión o conclusión) debía presentarse el caso con una narración breve o larga (premisa menor), junto a las pruebas (confirmación) y señalando la norma a aplicar (premisa mayor). Asimismo, debía adicionarse jurisprudencia, comparaciones de casos, ideas de sentido común, entre otros (razones de la premisa mayor).

Toda la invención retórica trata de cómo atacar con epiqueremas y cómo defenderse de epiqueremas haciendo comparaciones. Un ejemplo actual sería este:

Cuadro 3

Aplicación del epiquerema

En este caso, la absolución sería el resultado del éxito de la refutación en un contexto de diálogo crítico. Con el modelo estaría claro que el silogismo depende de la calidad e información que es usada como prueba, y si decae, simplemente, es por descubrirse una falla en su selección de normas, casos o pruebas. El epiquerema se construyó para posibilitar la refutación y evitar que el debate se agote discutiendo apariencias o argumentos sin fundamento. Hoy está presente en el artículo 424 del Código Procesal Civil, donde se exige: petitorio (conclusión), narración de los hechos, prueba de los hechos (premisa menor con pruebas), norma con su fundamentación (premisa mayor con razones); el cual reemplazó al artículo 306 del Código de Procedimientos Civiles de 1912, que solo exigió una demanda que enuncie hechos y normas.

3.3. El modelo de Toulmin y los esquemas de argumentación

Stephen Toulmin señaló en Los usos de la razón: “[…] que las formas aparentemente inocentes usadas en los argumentos silogísticos ocultan una gran complejidad” (Toulmin, 2007, p. 146). Las coincidencias de su modelo con el epiquerema no deberían extrañarnos, pues el mismo Toulmin reconoció que tomó como modelo de análisis al debate forense adversarial oral practicado en los tribunales de justicia ingleses.

Para evitar explayarnos, mostraremos el modelo aplicándolo al ejemplo de silogismo ya examinado. Conforme al modelo de Toulmin, el texto escrito en prosa debe ser desmembrado en: a) pretensión o conclusión; b) datos; c) garantía; d) respaldo; e) refutación; y, f) calificador (ver Ureta, 2012). Esto permite graficar el argumento y sus componentes:

Cuadro 4

Paso 1: Evaluación usando gráficos

La cohesión entre los diversos elementos ya no obedece solo a la forma lógica, sino a una cadena de preguntas-respuestas en un diálogo crítico. El paso siguiente es insertar el argumento en un diálogo crítico que haga evidentes las preguntas y las limitaciones o potencialidades de las respuestas:

Cuadro 5

Paso 2: Evaluación usando diálogos críticos

Usando el modelo, simulando un diálogo o llevándolo a la Inteligencia Artificial, quedaría claro que, si la tesis de acusación es dejada de lado, es por falta de datos, garantías o respaldos, según una fórmula crítica. Vencer la apariencia de verdad y solidez que concede la prosa escrita se logra graficando y dialogando con pasos determinados que ayudan a resolver el problema. Una de las críticas contra Toulmin es ese aparente alejamiento de la forma lógica, pero su ventaja es exigir más información y obligar a ponerse en el lugar del oponente para reexaminar la información, algo que ya proponía Mill desde el siglo XIX (Mill, 1993, pp. 77 y 80) y que se encuentra ampliamente desarrollado en la retórica forense. Nada impide presentar un silogismo escueto e, inmediatamente, un desarrollo con el modelo de Toulmin, para que los alumnos sepan que no basta quedarse con la forma y se acostumbren a no tomar decisiones con información superficial.

Otra ayuda externa es contar con un catálogo de preguntas para cada tipo de argumento. Esta solución la brindan los esquemas de argumentación. Argumentos como el de autoridad, precedente, signos, causa-efecto, testimonio, opinión experta, definición, entre otros, suelen ser presentados sin pruebas. Un avance es acompañarlos con pruebas. La teoría de los esquemas da un paso más: también deben ser examinados críticamente con un conjunto de preguntas específicas, y no se puede separar el examen crítico del argumento, pues el argumento recién cobra fuerza cuando ha transitado por un conjunto de preguntas críticas (Walton, Reed y Macagno, 2008, p. 1).

Los esquemas incluyen las características del argumento y las preguntas mínimas que se deben formular para saber si el argumento sirve para justificar el punto de vista que se defiende. Douglas Walton (1942-2020), un profesor e investigador canadiense que desarrolló una prolija obra denominada teoría dialogal, junto con Reed y Macagno, publicó Argumentative Schemes (2008), presentando 65 esquemas.

Por ejemplo, con respecto al argumento basado en la opinión de expertos, primero se considera que su importancia radica en la suposición, siempre rebatible, de que existen personas que están en mejor posición de conocer un asunto que otras. Así, tenemos a los expertos y testigos como casos típicos. Se representa con el siguiente esquema deductivo:

Premisa mayor: la fuente E es un experto en el dominio S que contiene la proposición A.
Premisa menor: la fuente E afirma que la proposición A (en el dominio S) es verdadera (o falsa).
Conclusión: A puede considerarse plausiblemente verdadera (o falsa). (Walton, Reed y Macagno, 2008, p. 14)

Inmediatamente, se debe examinar su consistencia y veracidad con las preguntas siguientes:

1.       Pregunta de la maestría: ¿es creíble E como fuente experta?

2.       Pregunta del campo: ¿es E un experto en la materia en la cual A se encuentra?

3.       Pregunta de la opinión: ¿qué hizo E para afirmar que implica A?

4.       Pregunta del testigo de confianza: ¿es E personalmente confiable como fuente?

5.       Pregunta de la consistencia: ¿es A constante con lo que afirman otros expertos?

6.       Pregunta de reserva de la evidencia: ¿la aserción de A se basa en evidencia? (Walton, Reed y Macagno, 2008, p. 15).

7.       Pregunta de la suficiencia: ¿puede considerarse que se necesita examinar A desde otro campo? (Ureta, 2012, p. 218).

La pregunta de la maestría nos requiere que exijamos un mínimo de independencia del experto frente al tema; la del campo pide experiencia suficiente en la especialidad para la que se convoca y que corroboremos esa información; la relativa a la opinión nos demanda averiguar los datos ocultos de los informes: cuándo, dónde y cómo se hizo la recolección de datos y la evaluación; la pregunta del testigo de confianza inquiere sobre sus antecedentes personales; la siguiente, sobre el tamaño de la muestra tomada; y la final, sobre la complejidad. Lo trágico es encontrar que en sentencias reales ni siquiera se haya efectuado este mínimo de preguntas (ver Ureta, 2012).

Los esquemas de argumentación exigen que cada argumento deba ser examinado con preguntas críticas. Lo que determina que la conclusión sea realmente consecuencia de las premisas son las preguntas críticas; es decir, el paso de cada premisa hasta la conclusión depende de cómo se formulen las preguntas críticas y de las respuestas que se brinden. Como señalan Walton, Reed y Macagno (2008), esto obliga a revisar los conceptos tradicionales de validez:

Esta característica, la vinculación de preguntas críticas a un esquema resulta problemática en varios aspectos. En primer lugar, pone en entredicho la noción tradicional de coherencia argumental, según la cual un argumento convincente proporciona una razón suficiente para aceptar la conclusión. (p. 8)

Es decir, no basta con presentar las premisas; se necesita el examen crítico. Hamblin (2016) señaló que se necesita saber si lo que se ha omitido en el silogismo es del “tipo específicamente omisible” (p. 254), según el caso. En ese sentido, las preguntas críticas nos llevan a mostrar lo que no se hace visible, lo que está detrás de “Pedro mató a Manuel” o “J cometió un acto de prevaricación”, ya que de nada nos sirve que los enunciados se presenten como verdaderos si no podemos saber que lo son (p. 255). La validez que interesa no es una validez instantánea, sino la que se obtiene tras haber cumplido los pasos de afirmación-crítica, que requieren una interacción y un examen para saber que no estamos ante superficialidades. También se hace necesario revisar la representación de los razonamientos deductivos para que puedan ingresar las preguntas críticas (Walton, Reed y Macagno, 2008, p. 8).

En el cuadro siguiente mostramos un ejemplo de uso, para el caso ya tratado de silogismo judicial:

Cuadro 6

Esquema Argumentativo

Con esta aplicación, sería natural y claro que la tesis de la acusación fracasó por falta de prueba o requisitos luego de un examen crítico. Lamentablemente, en los libros de enseñanza de argumentación jurídica aún se exponen silogismos y se definen argumentos sin sus correspondientes preguntas críticas, sin estar conscientes de que las personas, por sí solas, no formularán esa exploración. No podemos suponer que jueces y abogados lo harán sin entrenamiento (Atienza, 2013, p. 422); en cambio, no hacen las preguntas con el orden y la profundidad que se exige para cada esquema (Ureta, 2012). Hacer preguntas críticas requiere entrenamiento, base de casos, porque no es cómodo ni espontáneo: es un esfuerzo, y nada mejor que adicionarlas en los ejemplos de silogismo para impulsar la creación de preguntas adicionales necesarias. Finalmente, la Inteligencia Artificial es capaz de detectar los argumentos y formular las preguntas críticas conforme a los esquemas argumentativos usados, lo que es una gran ayuda para realizar esta tarea.

5. ¿Cómo interpretar estos modelos?

Absolver requiere una trama compleja, preguntas críticas, comparación de pruebas, casos, entre otros elementos que muestran los errores bajo la apariencia de verdad y validez. Esa riqueza práctica no podemos perderla de vista acomodando la absolución a un silogismo con premisas dobles, dejando de lado el aprendizaje que nos deja el error descubierto. Los modelos presentados pueden ayudar a esa tarea con comodidad e, inclusive, con la ayuda de la Inteligencia Artificial, revisar y coleccionar errores para detectarlos en tiempo real cada vez que se tejan nuevas decisiones.

Los juristas consideran que, luego de la verificación formal, el lector o constructor del silogismo pasará a realizar una verificación semántica y luego pragmática. Lo cierto es que la tendencia es quedarnos con la forma y no dar más pasos, o manipular cada paso en favor de la forma obtenida. Los estudios de psicología cognitiva muestran que somos perezosos, crédulos y que, si aceptamos un punto de vista, no lo abandonaremos a pesar de la información en contra. Además, las falacias, como la falacia del hombre de paja y del ejemplo imaginario, se pueden definir con claridad, pero en la práctica son difíciles de distinguir y se suelen aceptar como argumentos válidos (Eemeren, 2012, p. 309). Por ejemplo, el psicólogo cognitivo Daniel Kahneman describe esta situación de manera precisa:

Quiero ahora presentar un argumento lógico: dos premisas y una conclusión. Intente el lector determinar con la mayor rapidez si el argumento es lógicamente válido. ¿Se sigue la conclusión de las premisas?

Todas las rosas son flores.

Algunas flores se marchitan pronto.

Luego algunas rosas se marchitan pronto.

Una gran mayoría de estudiantes universitarios da por válido este silogismo. De hecho, el argumento es imperfecto, puesto que es posible que no haya rosas entre las flores que se marchitan pronto. (…) Invalidarla requiere un duro trabajo; la insistente idea de que “¡es verdadero, es verdadero!” hace difícil comprobar la lógica, y la mayoría de las personas no se toman la molestia de pensar el problema. (Kahneman, 2015, p. 66).

Las investigaciones concuerdan en que las personas no distinguen entre silogismos válidos y algunos inválidos; lo que es peor, todos los toman como verdaderos por pereza o porque los completan inmediatamente con retazos de recuerdos a favor, y llenan su cabeza con ellos sin dar cabida a críticas o alternativas. Ante un resultado semejante, P. C. Wason encuentra que es como si el error ocupara todo el espacio disponible, impidiendo imaginar alternativas (Wason, 1984, p. 99).

Las personas no son críticas, necesitan indicaciones expresas, modelos de rutas correctas para seguirlas y conocer de las erradas para evitarlas; entrenamiento para practicar la detección de argumentos válidos, pero con apariencia de verdad; distinguir entre expectativas sin fundamento y la realidad. Donald Norman, uno de los expertos en ciencia cognitiva, señaló que la razón no puede solucionar todo sin ayudas:

El poder de la mente sin ayuda está muy sobrevalorado. Sin ayudas externas, la memoria, el pensamiento y el razonamiento están todos limitados. […] Los verdaderos poderes provienen de idear ayudas externas que mejoran las capacidades cognitivas. (Norman, 1994, p.60).

Exigir completar la deducción con comentarios, adjuntar pruebas, representar con un dibujo, insertar diálogos, aplicar preguntas críticas son apoyos externos y un ejercicio necesario para superar nuestra pereza natural a criticar o corroborar. Y estas ayudas deben aparecer desde el inicio, no postergarse.

Conclusión

El problema del silogismo judicial es que las personas no encuentran en su formulación indicaciones para profundizar y buscar información o refutación; tampoco lo harán espontáneamente. Tenemos que enseñar a las personas a hacer silogismos, pero también, simultáneamente, a aprender a abrir puertas con ejemplos que les den instrucciones claras y les muestren las puertas. Como señala el filósofo holandés Timo ter Berg, propugnador de los mapas de argumentos, un método que merece un ensayo aparte:

Las personas tienen una tendencia intrínseca a ser conservadoras y a aferrarse a sus creencias y convicciones. Por lo tanto, es importante que los profesores brinden ejemplos de cambios de creencias, adoptando constantemente una actitud crítica, abierta, movida por la curiosidad y por la búsqueda de pruebas; y que, igualmente, animen a sus alumnos a seguir esta práctica. (Ter Berg et. al. 2025, p. 30).

Para cumplir esa meta, los docentes pueden usar los modelos presentados junto a sus ejemplos tradicionales. Los modelos obligan a buscar información porque las instrucciones se hacen visibles, se pueden mejorar con la experiencia y permiten adquirir competencias y habilidades que usarán en la vida profesional. Tal vez su desventaja es que requieren más esfuerzo que construir enunciados sin prueba, pero si queremos mejorar el desempeño de los profesionales, es una vía segura.
Hoy, siguiendo a Sunstein y Thaler, podríamos llamarlos modelos para redactar ejemplos y argumentos en la vida real con empujones (nudge): desarrollan un diseño arquitectónico de la argumentación que motiva a hacer pasos correctos más allá de lo que aparece en el texto (Sunstein y Thaler, 2021). Los entrena hasta que puedan hacerlo por su cuenta e incluso lograr fórmulas intermedias equitativas.

REFERENCIAS

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Bibaud, M. (1854). Essai Logique judiciaire. Ouvrage qui doit servir d’appréciation, et sur quelques points, d’antirrhétique de la Logique Judiciaire publiée a Paris, en 1841, par M. Hortensius de St.-Albin, Juge au tribunal de la Seine, Membre de la Chambre des Députés, et Chevalier de la Légion d’Honneur et de l’Étoile Polaire. De Montigny y Co.

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Resumen:
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